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Hace unos años me enteré de que en la tradición cultural y religiosa judía de Jesús, en un mismo lugar de la Biblia se refiere tanto a la oración como a la obediencia. Es el texto del profeta Isaías de su tercer canto del servidor. “Todas las mañanas me hace estar atento para que escuche dócilmente” (Is 50:4). Este hallazgo me impresionó profundamente. Me dio nuevos modos de entender que la oración al igual que la obediencia depende de escuchar a Dios. Oímos la voluntad de Dios en la oración. Comprender este aspecto de la oración atenta me motivó a reflexionar sobre los artículos de nuestras Constituciones que tratan la oración y la obediencia. Al comienzo de las dos secciones se hace hincapié en nuestra comunión especial con Jesús. En nuestra vida de oración compartimos la vida de oración de Jesús por lo cual somos llamadas a una realización cada vez más profunda de su presencia activa en nuestra vida. (#22)
Por medio de la obediencia religiosa elegimos libremente manifestar nuestra unión con Jesucristo en su obediencia a su Padre; así somos unidas de una manera particular a la Iglesia y su misión. (#50) Cuando considero estas dos afirmaciones sobre la oración y la obediencia me doy cuenta de que nuestra vida religiosa está concebida para vivirse en torno a Jesús. También ha ganado más importancia para mí lo que se expresa en la introducción a la sección sobre misión y ministerio. Como Hermanas de la Caridad de la Santísima Virgen María somos llamadas a participar en la misión de Jesús. Nuestra elección de un ministerio emana de nuestra misión: la de ser liberadas y de ayudar a otros a gozar de la libertad en el amor duradero de Dios. (#10) Para ser fieles a nuestra forma de vida religiosa se necesita muchísima fe en la presencia continua de nuestro Jesús resucitado, que constantemente nos presta el don de su Espíritu Santo. Mediante los repetidos impulsos del divino Espíritu de amor se nos anima a ver mejor las situaciones que piden el toque especial del amor compasivo de Dios, y así se nos urge a responder. Recordando mis 60 años de vida religiosa con mucha gratitud, veo con más y más claridad cómo Dios me ha puesto en muchas situaciones donde había necesidad de amor compasivo y comprensivo. Aunque han variado las circunstancias, en realidad las necesidades han sido las mismas. Mi ministerio ha incluido la enseñanza en una escuela de zona urbana deprimida y en la secundaria; he servido de profesora y administradora universitaria; además he participado en proyectos con trabajadores de labor agrícola y con presos condenados a la muerte. En cada caso las necesidades pedían a gritos un mismo gesto sincero de amor, compasión y cariño. En muchas situaciones mi ministerio consistía en el contacto diario de dar clases a una diversidad de estudiantes de todas partes del mundo. Esto traía retos continuos de toda índole. Más que nada, por las diferencias de lengua y cultura, trabajar con los hispanos me exigía mucho. Pero dondequiera que el Espíritu de Dios me llevaba, persistía la misma necesidad básica de oración y discernimiento. Qué hermoso llegar a saber que cuánto hacemos con alguno de nuestros hermanos más pequeños, se lo hacemos a Jesús (Mt. 25:40). Quizás una de las instrucciones sabias y sencillas de Mary Frances Clarke expresa el sentido central de nuestro voto de obediencia mejor que cualquier comentario analítico. Es una instrucción corta y clara que obviamente sale de su ejemplo de toda la vida de obediencia a la voluntad de Dios al discernir mediante la oración lo que Dios quería de ella y sus hermanas. Es una instrucción que no podría nacer sino de un corazón que orara. A través de los años de muchas maneras Mary Frances Clarke sigue animando a su hermana a que haga lo más cariñoso. ¿Qué más se puede decir? Sobre la autora: Carol Frances Jegen, BVM está jubilada y reside en Wright Hall, Chicago. Return
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