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El Sazón |
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Queridos lectores de LA SAL, Sin duda ustedes abrirán este número de LA SAL con gran expectación. Ustedes han seguido el desarrollo de nuestra vida religiosa por muchos años. Antes del Concilio Vaticano II nos conocían en las salas escolares donde la singularidad de nuestra vida se notaba claramente por nuestro modo de vestir, por nuestros nombres, por nuestro horario regular y por costumbres que parecían distanciarnos del mundo de la familia, el trabajo y las realidades sociopolíticas de su vida cotidiana. Mucho de lo que éramos y lo que hacíamos fuera del aula quedaba rodeado de misterio. La vida religiosa llegaría a ser caracterizada por la separación entre ustedes y nosotras. Luego ustedes, igual que nosotras, experimentaron el cambio radical que traía el Concilio Vaticano II con su exhortación a llevar nuestra vida con y entre el Pueblo de Dios. Entonces nos vestimos en ropa corriente, volvimos al uso de nuestros propios nombres, entramos en sus hogares y los recibimos en nuestras casas. Pasamos a un salón de clase sin paredes, delimitado por las necesidades de nuestro mundo. Los límites externos que nos habían separado se desintegraron, y junto con su disolución el significado que se había derivado de aquellas diferencias exteriores. Es de notar que entonces el sentido de misterio se profundizó y se intensificó. Si no se encuentra nuestra identidad como religiosas en lo visible y lo externo, pues ¿por dónde se encuentra? Efectivamente, nosotras mismas como ustedes también nos hacemos preguntas sobre el significado y la identidad de la vida religiosa. Les estamos muy agradecidas por su interrogante. Nos anima a expresar y concretar la inspiración que, bajo toda expresión externa, nos guía, nos infunde vigor, nos sostiene y nos sorprende. Las preguntas y nuestro intento de contestar – así para ustedes como para nosotras mismas – nos atraen hacia el misterio profundo que, dentro de lo visible y tangible y más allá de ello, siempre ha dado sentido a la vida religiosa. Siempre lo hará. Aquí nuestra respuesta toma la forma de las descripciones fecundas que ustedes hallarán en este número de LA SAL. Al pasar tiempo con nosotras a través de estos artículos, se juntarán con nosotras como mujeres abiertas a la llamada de Dios, comprometidas a ser hermanas de una comunidad global cada vez más ancha, sensibles a la alegría y el dolor, y dispuestas a arriesgarnos para realizar los sueños de Dios para el mundo. Sin embargo, al tratar de explicar el significado de la vida religiosa y nuestra expresión particular de esta vida, nos oímos decir “Pero hay más; esto no es todo.”Aquí entran la poesía y el simbolismo con su capacidad de agarrar la verdad que esquiva explicaciones y definiciones lógicas. En un poema de David Whyte, “El Viejo Ángel Interior,” llegamos al meollo del mensaje de los artículos de este número de LA SAL. El poeta anda por las Himalayas cuando su caminata se detiene inesperadamente delante de un puente dañado, sus tensos cables quebrados, las tablas aplastadas en un revoltijo desordenado al borde del abismo unos cuatrocientos pies sobre la corriente peñascosa. El montañero frente al tambaleante puente siente miedo, y con enfático ademán negativo está para voltearse y volver cuando
Entra la anciana montañesa Más allá de toda descripción y definición, nos sentimos atraídas – y ojalá ustedes sienten esta misma atracción – hacia el significado y la identidad más profundos de nuestra vida: el misterio de que somos mujeres captadas por el Dios de amor y compasión y de que no podemos menos que seguirlo.
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