Salvar y Saborear:
Una Reflexión sobre el Celibato

por Paulette Skiba, BVM
 


 

 

Cada mañana estoy con un dilema entre el deseo de salvar el mundo y ganas de saborearlo. E.B. White 

El contemplativo sabe que no se decide entre salvar el mundo y saborearlo. No salvaremos lo que no valoremos a fondo. 

Antes yo habría empleado el lenguaje de “salvar” para explicar mi propio compromiso

religioso y célibe.  Todavía queda tanto que salvar.1 

 Me atraía el compromiso social de las religiosas.  Pero decir “salvar” deja mucho callado. Igualmente me atraía su capacidad de saborear la vida y de disfrutar el compañerismo. 

Dios invita a cada persona a abrazar la vida en su totalidad – una vida de compasión y admiración, de disciplina y éxtasis, de servicio y oración, responsabilidad y libertad, dolor y esperanza. 

Al salvar y saborear encontramos muchos modos de nutrir el tierno anhelo de cuidar y sanar. 

De diferentes maneras nos quedamos absortos, maravillados y asombrados ante el mero soplo de aliento del ser viviente y los latidos del corazón. En este hermoso mundo  atribulado Dios nos invita a dejarnos vencer por el amor, cada uno a su manera. 

El celibato de la comunidad religiosa da una forma particular a mi manera de responder a esta llamada a una vida de plenitud. Influye en mi modo de “salvar” y “saborear” este querido mundo. 

Principalmente mi concepto del celibato consagrado es de un compromiso a la vida comunitaria. Está arraigado en mi relación con Jesús, “quien es lo que es Dios: la comunión.”2 Como hermana BVM, mi amor y mi expresión de comunión se encarnan sobre todo en la amistad, la hospitalidad y la contemplación. 

La Amistad y la Contemplación 

La vida comunitaria requiere el don de poder mantener las amistades con mucho cariño y al mismo tiempo dejarlas libres. Con el tiempo los ritmos del ministerio y de la vida nos llevan de un lugar a otro. Nos damos los dos dones de presencia y libertad. 

Nos mudamos pero no nos separamos jamás. Hace falta un corazón que tenga cabida para nuevos amigos, un corazón de fibras tenaces para amarrar las viejas amistades, y un corazón que permanezca en la intimidad siempre presente de Dios. 

Es difícil describir la intimidad que crece en las amistades de las hermanas.  Nuestras vidas se entretejen en un rico diseño complicado de comunión y amor. Reconozco esta unión misteriosa cada vez que nos reunimos. Siento este enlace también al caminar por nuestro camposanto leyendo los nombres y recordando las caras. Hay algún vínculo entre nosotras que no se llega a describir sino en la poesía y en el arte.3 

Una tarde mientras volvíamos mis estudiantes yo del monasterio trapense cercano, uno de ellos notó que cuando el Abad y yo hablábamos de nuestras comunidades empleábamos “nosotros” aun cuando se trataba de algo que ocurrió hacía 150 años. 

Nuestra historia es mi historia. No sería quien soy sin estas mujeres. Tampoco conocería a Dios igual.  Me han enseñado que el secreto de la vida en comunidad no es la perfección sino la capacidad de maravillarnos ante la santidad de las demás. 

La Hospitalidad y la Contemplación 

Uno hace el compromiso al celibato evangélico por el bien de la Iglesia en general y por las comunidades globales.  Por esto siempre ha sido importante la hospitalidad de la vida religiosa. Se basa en la práctica contemplativa de ver a Cristo en el prójimo. 

La hospitalidad cruza las fronteras que nos separan y nos convierte a todos en hermanos y hermanas.4 En este sentido el título “hermana” refleja la manera de que nuestro amor célibe se expresa en nuestras relaciones con todos. 

“Gentileza” es una palabra que se oye bastante al describir la naturaleza de nuestra hospitalidad. Esta disposición atenta se comunica en las acciones sencillas de recordar un nombre, de poner los últimos toques al preparar la mesa para invitados, con lo cual se les declara silenciosamente a todos los que se reúnen, “Su presencia me importa mucho.” 

Nuestros ministerios están modelados por esta gentileza hospitalaria que suele poner un desafío profético a las supuestas divisiones entre conocido y forastero. 

Estos ministerios tienen que ver con “salvar,” pero la valentía y el sacrificio necesarios para salvar todo lo que pide salvación surgen de poder apreciar y saborear  este hermoso mundo. Encontramos nuestra alegría y nuestra fortaleza en los amigos y en Dios. 

Notas

  1. La palabra “salvar” como se emplea aquí refleja el Metta Sutta budista como también la raíz de la palabra cristiana “salvación” que significa “curación.”

  2. LaCunga, Catherine. God for Us: The Trinity and Christian Life. Harper: San Francisco, CA, 1991, 202.

  3. La instilación de la artista Louise Kames, Dear Mother, se expresa así.

  4. Zaleski, Philip y Paul Kaufmann. Gifts of the Spirit: Living the Wisdom of the Great Religious Traditions. Harper: San Francisco, CA, 1998, 93.


Sobre la autora: Paulette Skiba, BVM es profesora de religión en Clarke Collage, Dubuque, Iowa, y es miembro del Comité para nuevas candidatas a la Congregación.

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